El ocio que hace mermar el recuerdo.

El hecho de que la población alemana tenga un marcado sentimiento de culpa y resentimiento es algo que no debe extrañarnos y que, aún sin llegar a tener un contacto constante con ellos, es algo de lo que, puestos a pensar, somos conscientes.

La maratón la hacemos todos

Si emparejamos los ‘movimientos’ tutelados por Hitler y Franco aún sin estar al mismo nivel en la escala de tolerancia todos podremos encontrar similitudes y semejanzas en lo referido a la hora de censurar, preponderar, imponer y demás características propias de todo tipo de movimiento totalitario. Partiendo de la base del ‘Todo para el pueblo pero sin el pueblo‘ de uno de los primeros déspotas ilustrados como fue Luis XV estas corrientes se han mantenido en el poder mientras ha sido posible lo que yo llamaría miedo sostenible y, ese miedo, se ha pasado de generación en generación.

Hará alrededor de un año estuve en Berlín y, conforme pasaban los días fuí entendiendo mejor una serie de actitudes de la población alemana para con los que, como yo, éramos extranjeros. Y me explico.

El hecho de, en parte, dedicar mi tiempo a tomar fotografías me hacía fijarme más en algunos de esos detalles. Así, decir que Berlín es una ciudad en la que se respira cultura es algo que, al que haya estado allí, no le extrañará. Desde la zona de el muro (un grito total a la libertad de expresión, dicho sea de paso), pasando por parques, zonas culturales y demás, como el parlamento, la estación de Alexander Platz y un sinfín de cosas más tuve la oportunidad de cruzarme en mi camino con algunas personas que me llamó mucho la atención el trato que me dieron.

Calla y escucha

Estando sentado a la orilla del Havel, detrás del muro de berlín, mientras comía un bocadillo con mis amigos se acercó un hombre arrastrado por su perro que había, bien olído, el chorizo que nos habíamos llevado de España.

Tras estar un rato jugando con nosotros su dueño se decidió a acercarse y sentarse a nuestro lado. Tendría, diría yo, unos 65-70 años, lo suficiente para haber vivivo de cerca todo lo que fue la corriente nazi y posteriores. Durante todo el tiempo que estuvimos allí, con él y su perro, no hablamos de nada, simplemente dejamos pasar el rato. De vez en cuando si el animal hacía algo divertido nos mirábamos y sonreíamos. Habría unos 40 años de diferencia entra aquél hombre y nosotros y, por si fuera poco ni nosotros hablábamos alemán ni el nuestro poco de inglés. Así que se decidió, sin decirlo, que tenía que ser así. Me llamó muchísimo la atención de como ese hombre, sin conocernos, muchos años más joven que él, y de diferentes paises de diferente idioma decidiera quedarse un largo rato con nosotros como diciendo ‘Yo no pienso de esa otra manera‘.

...de lo que quieren hacerme pensar

Por otro lado, la última noche que estuvimos en Berlín tuvimos que dejar las maletas en la estación de Alexander Platz. Así luego saldríamos directamente de allí sin tener que volver al Hostal. El mecanismo de recepción de la taquilla donde íbamos a dejar las maletas estaba roto y no podíamos cerrarla. Un señor de la estación pasó por allí nos habló en alemán, y entre gestos, me incitó a que le acompañara. Realmente no tengo ni idea de lo que dijo, pero se veía que solo quería ayudar. Le acompañé hasta la recepción donde cogió la llave de la taquilla y, al volver, volvió a meter el dinero asegurándose que funcionase. Nosotros soltamos algún ‘it’s broken’ y poco más. Sin darnos cuenta y sin mediar palabra habíamos solucionado un problema sin tener que hacer nada. Ese hombre lo hizo por nosotros, y muy rápido, casi sin que nos diese tiempo a reaccionar.

Un rato después volvimos a la estación, a la oficina de información para preguntar donde había algún sitio para alquilar bicicletas. Este mismo hombre, con solo escuchar la palabra ‘Bycicle’ con tono de pregunta salió de su puesto de trabajo, y nos acompañó hasta la puerta de una tienda en la que alquilaban bicicletas. Solucionado otra vez, en unos segundos. De acuerdo, son pequeñas cosas, pero podría contar muchas más como estas. Muestras de sentido común, de ganas de compartir, de humildad.

Por supuesto no se puede generalizar ni para lo bueno ni para lo malo pero creo que gran parte de las personas que allí estén actuaban con un sentimiento de culpa. Nada excesivo pero sí constante, como con ganas de demostrar a los que no éramos de allí el cómo verdaderamente eran. Era su manera de pedir perdón. O al menos, así es como yo lo percibía.

El TieGarten, el parque más grande de Berlín, estaba repleto de gente leyendo a las orillas del río, de gente en bicicleta con la que, sin querer, se creaba un lazo de no se, sanidad. Warschauer strasse fue una zona que me encandiló con ese polígono reconvertido en que cada nave industrial se utilizaba para un fin, desde un parque de skate hasta un gimnasio de judo.

Warschauer Strasse - Skate Park

Es de recibo que aún sabiendo que no todos sean así, haya personas que se hayan parado a pensar y hayan decidido como ser habiendo vivido ambas cosas. La represión y la libertad de pensamiento.

Ese derroche de amabilidad denotaba en algún sentido que no sabría explicar muy bien, su forma de pedir perdón por lo que no hicieron. Berlín es la sensación que me dejó.

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