La burbuja del crowdfunding.

Las épocas de crisis suelen venir por marcadas dosis de ingenio que de cuando en cuando dan como fruto alguna nueva forma de concebir los modelos de negocio. En España, que estamos inmersos en crisis de todo tipo (económica, política, de cuidados…) y en fondo y forma en una crisis sistémica, la capacidad de las personas para el desarrollo de proyectos personales se ve truncada por una falta enorme de mecenas, avales o de, como lo vería la cultura de la transición, gente con capacidad para hacerte un buen ajuar y empezar a independizarte, con todo lo que eso conlleva.

Una de esas crisis, la del sistema bancario, hace que este tipo de entidades envueltas en casos de corrupción, rescates y demás filigranas apocalípticas estén a día de hoy cooptadas por mercados y gobierno para evitar que el crédito fluya. La ecuación es sencilla: la economía se regenera si hay trabajo; hay trabajo si hay emprendedores; habrá emprededores si hay crédito; habrá crédito si este fluye y ahí, al final de esta ecuación de veinte incógnitas aparecen los gobiernos; el crédito fluye si se rescata personas y no a los agujeros negros que a día de hoy suponen las deudas (privadas) de bancos y cajas.

Ahora, como no se puede obtener el dinero por esa vía hay que buscarse otra. Gracias al desarrollo de las tecnologías de la información que a día de hoy nos permiten llegar a una masa enorme ‘consumidores’ se da la cosa esta que habréis escuchado poco, más o menos como crowdfunding: financiación de la grada. La entrada en la wikipedia de este concepto le da algunas otras acepciones como  cuestación popular1 ,financiación colectiva,2 microfinanciación colectiva,3 o micromecenazgo. Desde los principios del internet moderno (de igual manera que internet hace tiempo que dejó de ser el futuro hay un internet antiguo, sí) hemos visto en multitud de páginas botones que dicen “Donate”: Dame pasta, vaya. Con la aparición de las redes sociales esto se democratizó de tal manera que no tardaron en aparecer plataformas como KickStarter o en España como Verkami o Lánzanos que permitían aglutinar a un sin fin de proyectos que estaban buscando de mecenas para poder nacer.

La explosión  y la curva de crecimiento de esta forma de vida para muchos ha sido de 2010 en adelante algo imparable. Las plataformas de sindicación de proyectos se amontonan, los proyectos por año que se acogen a él se pueden contar por miles de miles. Y así todo. La cosa es que, para entendernos, 2010, 2011 y sucesivos están siendo para el crowdfunding lo que aquellos no tan lejanos dosmiles para La Ley del suelo de Aznar. España va bien.

Así, el crowdfunding, que es algo que ha sido pensado y asumido como una forma de financiación para un algo que iba a producir un retorno a la comunidad, al procomún, va directo al camino de lo que todas las burbujas: petar. Y va a petar por muchos sitios.

Foto de Michele Ficara Mangarelli.

El modelo de negocio, sin más.

La crisis de valores, económica y la coyuntura nos han vuelto cortoplacistas a un nivel que asusta. Y es que somos capaces de echarnos las manos a la cabeza si alguien no está dando volteretas al día siguiente de salir del coma. La incertidumbre que causan las políticas de recorte y austeridad, el aumento de la precariedad laboral o la situación económica de Euraca han convertido al crowdfunding en la cantimplora en medio del desierto. O dicho de otro modo, el ingenio y el talento se están quedando atrás por el abuso de un modelo que no garantiza continuidad y cada vez se plantea menos en el a medio plazo por el simple hecho de situarnos una y otra vez en esa tesitura política de la supervivencia. El carpe diem de la España de la austeridad. Estamos corriendo detrás de un autobús que corre y corre, y cada vez se aleja más. Y es que esta crisis de casi todo parece que acaba de comenzar por mucho que se esfuercen en decirnos “que estamos remontando”. En ese estadio habría que pararse a pensar en el medio plazo, como mínimo, y evitar el agotamiento del pozo de un crowdfunding que no es tan hondo como parecía.

Los cuidados y la gestión de la miseria

Están los crowdfundings porque sí y los crowdfundings por necesidad. De estos últimos, cuando alguien empieza una campaña es normal que sobrevuele ese miedo al fracaso, a no alcanzar el objetivo. La realidad es que familiares y amigos nos hemos antepuesto a eso. En una época en la que acceder a ese crédito del que hablaba antes es cada vez más difícil la solidaridad y los cuidados se han venido manifestando, en este contexto de mecenazgo, como microdonaciones en campañas de crowdfundings. El error es, cabe pararse a pensar, que esos apegos o los ímpetus en este tipo de procesos suelen venir bien pronto haciendo un flaco favor al emprendedor en cuestión. No son pocos los casos (y no nos vamos a poner a dar estadísticas) de  campañas de tipo medio (entre los 2000 y los 5000 €) que cumplen su objetivo en su primera semana y algunas de ellas en los primeros días. Y es que los crowdfundings, de algún modo, son como la esperanza, está bien mientras la tienes pero carece de sentido una vez vences o caes derrotado. Así, apresurarse a donar es la manifestación más ingenua de los cuidados materiales y hace que, una vez alcanzado el objetivo, ese crowdfunding, ya etiquetado como “Completado” carezca en muchos casos la visibilidad que pudiera merecer. Esto, que pudiera parecer perfecto para un proyecto orientado como servicio o proyecto de recorrido, no lo es tanto para productos culturales finitos como música, documentales o libros. La espontaneidad de la crisis y lo irreversible de esta coyuntura nos han convertido, de algún modo, en nuestros propios banqueros a interés cero haciendo proliferar masas enormes de proyectos hechos a medida para familia y amigos pero que acaban lejos de llegar a ese público objetivo que nos habíamos marcado en la fase del antes.

La recursividad, esa cosa.

Que ya se ha dicho que eso de pedir pasta por internet no es nuevo pero esta democratización del donante es un arma de doble filo. No os extrañe si, con el tiempo, acabamos inmersos un recursividad despiadada pidiendo créditos para pagar crowdfundings de amigos que sacan un disco, o de medios que van a hacer PE-RIO-DIS-MO, que hay muchos y tal como está como el panorama periodístico en este país (que da penita, por decirlo en plan suave) parece que esto no acaba más que empezar. El micromecenazgo o como mejor os guste llamarlo es algo que ha sido pensado de muy diferentes maneras. En contenidos audiovisuales con el llamado pay per view o incluso, pay after view: si te mola, recompénsalo sí así lo crees oportuno como en este caso. El periodismo, que es otra de esas cosas que no se escapan a una crisis que devora todo también ha tenido que tirar de la gallina de los huevos de oro como es el caso de Más público o lo que ahora conocemos como La Marea. Y es que no hay medio digital postcrisis, ajeno a los mass media y a los grandes lobbys empresariales que se pueda mantener sin algún tipo de donación, crowdfunding, suscripción y demás. Ahora, están los que, (aunque no con un crowdfunding al uso pero sí con suscripciones) como eldiario.esdiagonal o periodismo humano o el ya citado La Marea, que ofrecen a cambio un retorno de contenidos libres de modificar, distribuir  y ejecutar y hay otros que no han entendido nada y te piden dinero y en lo que lo empleen tendrá copyright, como infoLibre (un oxímoron bastante obsceno ya que de libre no tiene nada).

El desgaste del modelo

Quizás la mayoría solemos entender, o al menos desde ese punto de vista hacker o del procomún, los crowdfundings como una forma de emprender prácticas que tengan un retorno similar tanto para “el hacedor” como para la comunidad. Plataformas como Goteo.org, parten de un planteamiento en el que ese retorno ha de ir implícito en el proyecto en sí no siendo siempre, y cada vez más a menudo, oro todo lo que reluce. Existen cada vez más casos y casos de gente que está aprovechando el tirón de esta metodología para, simplemente, “montar su movida”. Y claro, estas cosas chirrían. Y mucho.
Uno de los casos que quizás más me ha llamado la atención al conocerlo ha sido este en el que una pareja que ha montado una especie de starbucks para Indurains y Armstrong pide, nada más y nada menos (nótese lo rimbombante) que 5200 € -mínimo- para comprar la mejora cafetera para su local.
Normalmente los crowdfundings tienen beneficios más allá de lo inmaterial, de lo perecedero. Un disco, un libro o una copia del documental en cuestión por poner un ejemplo. En este caso, al aportar vas a recibir un desayuno: café y tostada vaya. No está mal pero, sin pararse mucho a pensar, cabría entender que dinero no están perdiendo lo cual implica, por muy feo que sea hasta enunciarlo,que te estás comprando un café por adelantado y la propina, por delante. Ni puedo ir con mi café y usar la cafetera ni invitar a un amigo hacerlo. Retorno a la comunidad: Cero. Y todo con un vídeo explicativo con 50 transiciones de ‘Final Cut’ (supongo, visto el cariz que toma la iniciativa) del porqué de esa propina sin llamarla así. La neolengua llevada al extremo. Eso es socializar una deuda en el a priori. Y así, como éste, muchos otros.
El capitalismo tiene muchas cosas feas pero quizás la peor que tiene es esa de poner de su lado a lo que no puede vencer, de apropiarse y corromper a lo que se había establecido como alternativa, de despolitizar los métodos y arraigar, en este país más si cabe, aquello del ‘sálvese quien pueda’.

Resumiento (iba a intentar evitar el determinismo pero me veo incapaz): o nos paramos a repensar este modelo que debiera funcionar para dejar emerger los talentos por encima de las marcas, para comunalizar los cuidados de, valga la redundancia, una comunidad cada vez más necesitada de ellos o para fomentar un retorno a lo común y aceptamos este tipo de cosas como metodología o corremos el riesgo, y este es jodido, de agotar una de esas pequeñas alternativas que de momento y para según qué cosas había dado resultado.
La ideosincrasia del capitalismo es algo tan chungo que lo mismo te hace chapas y camisetas del Ché que te hace un crowdfunding para la cafetera de tu chiringuito y claro, al final, de tanto usarlo no va a haber crowd para tanto funding. Ni ganas.

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