Acerca de:

La paleta de colores dice mucho acerca de este país. La diferencia respecto del mío es enorme y pese a que no suelo hacer diferencias fronterizas en este caso es algo especial. En realidad, supongo que en todos los casos lo es, pero este es uno de los que a mí me ha tocado vivir así que voy a tratar de relatarlo. Trato de ir tocando todo lo que me sale al paso, dejando que mi olfato me diga como se llaman las cosas. En el idioma que sea. No son pues los ojos mi principal referencia aquí pese a haber empezado hablando de colores. Son el olfato y el tacto, grandes vilipendiados de la percepción, los que me dicen más cosas acerca de como funcionan aquí las cosas. El oído, por su parte, hace su trabajo harto complicado dada la dificultad que supone, a priori, la barrera del idioma. Unos lo hacen más deprisa, otros más alto, otros simplemente no lo hacen y, los más afortunados, mueven las manos, guiñan un ojo, hacen algún que otro aspaviento y, de camino, puede que te suelten un abrazo para hacerse entender. He tratado de explicar, more or less, que necesito darle un abrazo a la gente si esta quiere que pueda empalizar con ellos. El contacto entre las personas es más que importante y, en estos días de primeras impresiones continuas, son esos achuchones los que me hacen ver si sí o si no.

Lo grisaceo –

Como decía, la escala de colores de este país es realmente asombrosa y triste a partes iguales. Los que sabéis de fotografía me entenderéis cuando os digo que la mayoría de fotogramas que son capaces de captar mis ojos tienen una saturación muy por debajo de lo normal. El rango dinámico es pequeño y la vivacidad de las cosas en las cuales estoy embebido son inocuas y raras. Es como si la mayoría de la gente tratase de quedarse muy quieta, muy muy quieta, para poder de desaparecer. Con todo y eso no lo consiguen. Polite, así lo llaman. Lo políticamente correcto, el aspecto remilgado, pijo y ese tono de voz tan Rottenmeyer hay veces que me asustan. Es como si algunas de las personas que estoy conociendo estuviesen representando un papel, como si tuviesen la necesidad de mostrarse de una manera que les han enseñado, muy a modo de ese rebaño que estoy harto de que salga a la palestra en casi todo lo que escribo pero que, aquí más que en ningún otro lugar en el cual haya estado, se hace notar.

Lo estéreo –

Tratad de imaginar un largo pasillo, como de unos veinte o treinta metros, con puertas y ventanas a los lados. Muchas. Pues así, tal y como estáis imaginando, es como es este lugar. West Homes. En la parte superior de un hospital enorme, realmente grande, vivimos doce jóvenes personas de diferentes edades. Algunos con más cosas en común que otros. Y es donde aparece la palabra idioma. Tema que ya me apasionaba en su momento pero que ahora cobra mucho más sentido ya que hay veces que no tengo todas las palabras adecuadas para decir lo que quiero decir. Y uso gestos, trato de definir conceptos a partir de otros más sencillos para los cuales si tengo las herramientas necesarias. Ayer, por ejemplo, salió el tema del optimismo aderezado con la definición de el concepto en sí mismo, de la propia fe en el tipo de Dios que cada uno tiene para sí mismo y de, como no, la desconceptualización de todo este tipo de cosas. Y se pueden decir un montón de cosas a base de infinitivos y gerundios pero a veces uno se frustra, en el buen sentido de la palabra, a la hora de tratar de contar a alguien un pensamiento o algo por el estilo. Y luego, para colmo, vuelves a hablar tu idioma (por lo que sea) y hablas como si fuera inglés, esto es, con infinitivos. La comunicación se minimaliza, los conceptos se simplifican y las cebollas aparecen para explicar todo este tipo de cosas pues estas sirven, metafóricamente hablando, como perfecto ejemplo de capas y simplificaciones varias. El núcleo de la cebolla son los sentimientos y quizás, y sólo quizás, el resto de capas empiezan a utilizar el lenguaje, las palabras, los verbos y demás herramientas como algo necesario porque no se puede explicar un concepto sin palabras. No al menos en un contexto como este. La homogeneidad de los idiomas, las pronunciaciones, el acento y demás cobran un sentido vital. Y me enseñan italiano. Y francés. Y alemán. Y galés, que es como élfico. El batiburrillo léxico-semántico roza lo absurdo, es gracioso y difícil, eso también, pero te mantiene concentrado, atento, con todos los sentidos alerta. Y miras las bocas, y la acentuación de los mofletes. Es algo que todo el mundo debería probar alguna vez en su vida.

Lo congelado –

Y es así porque aquí hace un frío al que no estaba acostumbrado. Seco, con viento, sin luz y permanente. Y tiro de radiador para acercarme a lo que conozco pero joder, no dura demasiado, porqué no reconocerlo. Además me ha dado por coger todo aquello que me encuentro y ver como está hecho. Bueno, esto es algo que ya hacía pero aquí mucho más, no se. Es difícil de explicar pero la mayoría de las cosas me parecen nuevas, es otro tipo de sociedad y aunque en la misma Europa que yo hacen las cosas diferentes. Y no hablo sólo de la moneda o el conducir del revés, no. Hablo de como venden la leche, de las colas en los supermercados, de los tickets del autobús y de un montón de cosas más.

Lo que huele y lo que no –

Y es que este es otro punto a destacar. Pasas por una calle y huele realmente raro y quizás para esta gente sea lo normal pero para mí son olores extraños. En realidad son mezclas de olores porque no puedes notar uno solo. O eso quiero creer, si una cosa huele así no quiero saber lo que es. El café es una mierda. Una puta y jodida mierda. El más caro de los solubles llamando ‘Intense’ es mil veces mejor. Creo que os podéis hacer una idea. Toda la leche parece desnatada, incluida la entera obviously. La carne es como para suicidarse. Y el jamón york, joder con el jamón york… Bebeos una botella de southern confort a las dos de la mañana, ios a acostar a las 7, levantaos a las 3 de la tarde y no bebáis gota de agua en este proceso. Podéis también chupar el asfalto y comeos dos polvorones. Tal y como quede vuestra lengua así es como es el jamón york aquí. Una jodida locura.

Lo que sabe y lo que no –

Y al párrafo anterior me remito. Gusto y olfato suelen ir de la mano y aquí no es de otra manera. El café sabe a agua. La leche sabe a agua. La fruta sabe a agua. El agua, para no desentonar, sabe a agua. Qué cosas!

Me esperan semanas de ajetreo. Os voy contando.

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Contrastes: Sahara, Todra, Marrakech

Días 1 y 2:

De sentidos infinitos, direcciones cuánticas, granos de arena que se agrupan en montañas, gigantes amarillos y paletas de colores planos. De olores rojos, colores salados, contaminación y la indeterminación de los caminos. De perpendiculares infinitas, paralelas que se cruzan y la inmensidad llevada al extremo. Eso es Marrakech. Me llama mucho la atención y como decían en cierta peli “¿Sabes lo bueno que tiene el caos? Que es justo” y así es. Funciona. Volveré en una semana. Ahora rumbo a otro sitio.

Sahara, Todra, Marrakech

Tres autobuses, una furgoneta, dos 4×4, una parada en medio de la nada y 10 horas después… el desierto.

Y es aquí donde la palabra incertidumbre cobra verdaderamente sentido. Me mantiene alerta, me contagia, me da forma, me jode, me anuda el estómago y me corta la respiración. Y suspiro. Y palante. No sé muy bien en qué punto del viaje he llegado a todo este cúmulo de sensaciones… Pones un poquito de novedad, algo de alerta, risas, oscuridad por aquí, amistad por allá y aderezado todo con la velocidad que coje tu corazón en determinados momentos que sale una mezcla con más especias que un cus-cus para veinte.

Sahara, Todra, Marrakech

Día 3:

Hay algo de salinidad en el ambiente, un leve toque a cocina allá por donde vamos. Pero cocina de la buena y de la mala, todo sea dicho. Recién saboreas el mejor de los Tallines (que es el recipiente, no el contenido) una bofetada a goma quemada te solapa al jersey y te ata, sin querer, a los últimos atisbos del desodorante de nadie sabe cuando. Y vuelve la incertidumbre, vamos rumbo a un pueblo del que no se ni el nombre. A medio camino entre el Sahara de Merzouga y Algeria. Buena mezcla. Ahora, ya allí, un grupo de personas de color nos deleitan con una especie de castañuelas metálicas, una bandurria del desierto y poco más, salvo el baile, eso sí. Nos arrimamos a bailar. No me gusta la sensación que tengo. Me dedican un espectáculo por unos cuantos euros. Soy el blanco capitalista. Cocacola lo llaman ellos a modo de ironía y con bastante ingenio, porqué no decirlo (curioso símil la verdad). Es como si el valor del dinero estuviese impregnado en mi ropa y, por ende, ellos deben de ofrecerme algo y yo pagarlo a base de Dirhams. Y este olor de occidente se pega en todas las paredes y hasta en el último grano de arena de este inmenso desierto.

Cae la jodida noche que tanta alerta trae. Un enorme número de estrellas reposa sobre nuestras cabezas. Impenetrables, perpetuas e inalcanzables, sí, pero acompañándonos en estos momentos como el mejor de los amigos.

Después de una larga charla con coreano y americana incluída nos vamos a la cama. Intento transmitir algo de buen rollo en el ambiente aunque no sé si lo consigo. Unas palmas, trés o cuatro medias vueltas después volvemos a permanecer cerca de los tres hermanos. Uno que come mucho y nunca engorda. El que vuela y no vuelve y un tercero que está siempre tumbado. Fuego, humo y brasas. Mañana es el cumpleaños de Kuku y el regalo se lo doy hoy. Un poco más de charla, dicho sea de paso. Feliz no cumpleaños le digo. Y abrazos. Y tardo horas en dormir. Hay que joderse lo lento que pasa el tiempo tumbado en las haimas estas.

Sahara, Todra, Marrakech

Día 4:

Tengo una alteración brutal en toda mi percepción. Las magnitudes son maleables y todo lo que antes tenía sentido ahora carece de él. Éste, el sentido común, no escapa a ello y aquí, en el desierto, cambia como las dunas, como el viento que mueve miles de granos de arena por segundo. Bueno, qué digo miles… millones. He perdido toda referencia a la hora de comparar nada. Pero me siento de puta madre en este escondrijo lejos de casi todo y cerca de lo que más quiero, mis amigos.

Me alejo en el camino para subir a una de esas grandes dunas. Y todo influye. Las betas que genera el resbalar de la arena indican la perpendicularidad con la que se deben suceder los pasos si avanzar es lo que pretendes. Y la presión en tus pisadas… hay que ser meticuloso para avanzar más de lo que se retrocede al hundirte en ella pero al final, la recompensa es grande. La paz absoluta. Como la línea del horizonte cuando ves el mar pero en todas direcciones cambiando las gotas de agua por motas de polvo y arena. Otra vez, felicidad.

Es curioso como algo tan desierto como el desierto, valga la redundancia, puede llegar a servir de escondite. Y ahí está Pedro, incansable al igual que todos. Un guiño de ojo y ya sabemos qué cojones nos estamos queriendo decir. Rápido como una de las decenas de estrellas fugaces que puedes ver aquí en una sola noche, como el mejor de los portazos y con más información en todos estos hechos que la más grande de las bibliotecas. Me río yo de Alejandría. La complicidad y el entendimiento lleva su tiempo. Y no es con el único que me pasa que por ahí anda Elena, charla y paz infinita aseguradas entonces.

¡Hay un pozo! En la monotonía de la arena, las dunas y demás ahí está, ocre y árido, en medio de la puta nada. El contraste vuelve a ser brutal.

Llegamos al campamento bereber a dormir con una familia. Hassan y Mohammed de tres y año medio respectivamente andan por ahí con una cara de felicidad de aupa. Con los más mayores jugamos un partido de fútbol. De fondo dromedarios dunas y demás. La estampa vista desde fuera es una jodida locura. Estoy enamorado de este sitio, de este momento.

Sahara, Todra, Marrakech

Y despejo el balón y atizo un pelotazo en el culo a Kike. Acto seguido, al rebote, entro con fuerza intentando evitar que Mohammed (uno de los 5 o 6 que he conocido esta semana) llegue a la pelota y ésta, harto traicionera, rebota en su pierna, en la mía y acaba en la cara de Kike que cae desplomado al suelo. Él y todos. La risa en el desierto se contagia más fácil, debe ser la pimienta que dan a la vida estos granos de arena. Corro a pedirle perdón y nos fundimos en un “abrazo de cojones” que diríamos por aquí. Gran momento.

Pasa el rato, cus-cus por doquier, mandarina y etecés… Rumbo al medio del desierto, hoguera en mano, botellas que queman, tam tam y “castañuelas”. La liamos parda. Así, tal cual. Y celebramos el cumpleaños de Kuku por todo lo alto. Waka Waka, “saca la botella”, solo arena y estrellas. Y de vuelta a las emociones. Aquí hay de todo a cada rato que pasa. El viaje está siendo una especie de montaña rusa o mejor dicho, de duna, arriba y abajo. Y la mezcla de sensaciones me atiborra y me bloquea por momentos. Pero estoy feliz de la puta vida.

Día 5:

Partimos del desierto para ver el salir del sol tras las dunas. Llegamos al albergue. Recogemos y marchamos. En el camino conocemos a Cristina y Zulema que nos presentan a otro de los grandes personajes de este viaje, por no decir el que más, Mohammed, al que pedimos si amablemente nos lleva con él a Todra donde tiene un hostal. Dicho y hecho. En Tinghir Kike da puerta a Rashid. “Si tú te indignas, yo más” y así fue. Ole. Este falso guía se aprovechaba de nosotros amparándose en los vacíos legales que tiene la semántica y en la incertidumbre que genera el estar lejos de casi todo. Ya es historia.

Sahara, Todra, Marrakech

Llegamos muy bien a Todra aún con tiempo. Nos establecemos en Le Ciel Bleu (un lugar cuasi mágico) y damos un paseo el resto de la tarde hasta que anochece. De paso cambiamos nuestros planes y decidimos quedarnos un día más (la mejor decisión que podríamos haber tomado aunque aún no lo sabíamos) con Mohammed que se merecía, desde ya, casi cualquier cosa. Nos trató como a reyes. Escribo en el libro de oro del hostal sobre las buenas sensaciones que desde el primer momento me está dejando todo esto y cito:

“Lo bueno de pensar que todo va a salir bien es pensar que todo va a salir bien y así es y aquí estoy”

Como a las 10 de la noche se escucha la llamada. Un sinfín de regodeos, agudos y graves al aire que empapan todo este pueblo de un aroma musical que ya quisieran en muchos de los conciertos que aquí vemos. Un espectáculo.

Cena. Charla. A dormir. Yo me quedo un ratín más en la azotea, tranquilo, viendo este pueblo de película, tirando alguna foto y pensando en todo y en nada. Momento brutal.

Día 6:

Nos espera un día largo y así fue. Desayunamos a lo bestia. Café, té, zumo, mantequilla, mermelada… Delicia. Y salimos rumbo a las gargantas de Todra. Con la cantidad de tabaco que he fumado estos días mientras ando no logro saber como no me canso pero el deporte me está viniendo genial. Necesitaba sudar y cansarme. Cualquier mala vibración que pueda tener el cuerpo se expulsa por los poros a modo de té a la menta. Pasamos un maravilloso rato con Agmed y Yusef, padre e hijo respectivamente de una de las familias bereberes que viven en las cuevas de lo alto de la montaña. No existe lenguaje léxico, corporal ni sentimental que tenga las herramientas suficientes para poder describir el agradecimiento infinito que siento en este momento. Y es cosa de todos. Basta con mirarnos un breve segundo a los ojos entre nosotros para saber que estamos en paz y armonía y que daríamos lo que fuera por hacer de ese momento algo infinito. Pero se acaba. Nos tenemos que marchar. Y sigue la marcha.

Sahara, Todra, Marrakech

Y vuelve la sensación de contrastes. En un día hemos pasado de montañas de arena que se extienden por kilómetros a gigantes de piedra de más de 150 metros de altura, palmeras y riachuelos suaves y agudos.

Sahara, Todra, Marrakech

Andamos durante horas, cogemos “Taksis” y pasamos por la casa de una familia bereber que nos atiende gustosamente, té en mano, a enseñarnos el proceso de fabricación de algunas de sus alfombras. Tejido, bordado y anudado. La maña sobresale por los cuatro costados. Parece fácil pero Elena, al intentarlo, nos confirma que no lo es. Y es que en este lugar aunque nada es igual, nada ha cambiado y nada es lo que parece. La duda acecha. Mola.

Sahara, Todra, Marrakech

Volvemos. Veo barrer a gente con juncos y hojas de palmera. El adelanto tecnológico respecto de nuestra sociedad me abruma. Nos ganan por goleada. Todo es mil y una veces más sano y natural que en mi país. Y me doy cuenta, en ese momento, que no quiero que esto se acabe nunca.

Días 7 y 8:

Partimos pronto de Todra rumbo a Marrakech. Todos nos fundimos en un abrazo bestial con Mohammed que se merece todo y más. Qué tío más grande. Aún hay cabida para algo de incertidumbre pues nos dividimos. Cuatro en un Taxi y dos en otro. Y quizás no nos dé tiempo a llegar… Al final sale bien, nos damos una carrera y ahí estamos. El viaje en autobús es de recapacitación sobre lo ocurrido en toda esta semana. Llamamos a Mohammed para darle las gracias por todo aunque aún habría otra cosa más por la que darselas. Al recoger las habitaciones se encontró 800 dh de Elena en un cajón. Nos da las instrucciones necesarias para recogerlos en una tienda en el Zoco de Marrakech donde él tiene un familiar. De traca lo de este hombre. Grande hasta el final.

Sahara, Todra, Marrakech

Cenamos y volvemos al hotel a bebernos la última botella que nos queda. Jack Daniels para siete que hay invitado de excepción. Él solo francés y árabe. Nosotros solo inglés y castellano. No entendemos ni papa. Oki doki amigo. Risas por doquier. Ouazat, Hassan, Tralará, Rabat, Essan, Setan y Sevà. Y así hasta el Oki, oki, oki, oki…

Compras de última hora a la mañana siguiente. Y vuelve el regateo, algo que me llama la atención de una forma que no sé explicar. ¿Porqué si en mi país un jersey de lana en Springfield me cuesta 30 € no lo regateo aunque me parezca un robo? ¿Porque somos todos un buen rebaño y acepto, como buen sumiso, que esto es así y punto? Y aquí, aunque el precio me parezca normal ¿lo regateo porque sí? Pues no estoy por la labor, hay cosas y cosas. Es decir, ellos dan por hecho que les vas a regatear por eso su primera oferta probablemente sea siempre desorbitada. Allá donde fueres haz lo que vieres, sí, pero con sentido común. Aquí la mujer no tiene mucho valor y no por ello vengo yo y la desprestigio sin rechistar. No es algo que vaya a imitar porque sí. Con el regateo me pasa igual. Nosotros hemos regateado lo que nos ha parecido desorbitado hasta llegar a algo justo. Salomón o la cuenta bereber que ellos llamaban. Tu precio más el mío dividido entre dos. Y así fue muchas veces. Me alegro. En fín, desayuno, rumbo al aeropuerto y c’est finí.

Gracias amigos por poder disfrutar de todos vosotros y de este inolvidable viaje que es desde ya, para toda la vida. Gracias, gracias, gracias, gracias, gracias. Que se me gasten los gracias porque no hay suficientes para describir esto. Y que Juanjo es el jefe de la caravana es algo de lo que no hay duda. Que no se olvide!

Sahara, Todra, Marrakech

Sahara, Todra, Marrakech

Sahara, Todra, Marrakech

Sahara, Todra, Marrakech

Sahara, Todra, Marrakech

Sahara, Todra, Marrakech

Periodismo Humano, ¿para qué?

Escribo en el blog del 14EIF

Hará alrededor de 3 o 4 meses, jodido con el mundo (y aún ando con eso, aunque tengo otras tareas por delante) e inmerso en un sinfín de iniciativas que molan, de gente que se preocupa y no se quedan con la corteza de las cosas escribí esto.

Hoy ha llegado el momento del paraqué, de contar lo palpado, lo cualitativo de las cosas. Medirlas de otra manera no me es posible, no puedo poner una nota a algo que he sentido. En una de esas charlas en petit comité (que de petit nada, por cierto) contaba la teoría del amor. Del amor por decir algo porque se le puede llamar de muchas maneras. En realidad es la teoría de la desconceptualización. De saber que el mero hecho de nomenclar ciertas cosas les acota su significado. Un vaso, por ejemplo. Quitémoslé la palabra ‘vaso’. Y veámoslo como un niño. Sepamos que es trasparente, que tiene una forma que podría ser útil como recipiente, que en reposo está frío y etc’s…Es como deberíamos ver el resto de las cosas. Es la teoría en la que le quitamos las palabras a los sentimientos, porque no se pueden describir las mariposas del estómago, ni la rabia al ver el telediario, ni la alegría al ganar un mundial, ni lo revitalizante después de una gran charla, ni el leréle en medio de un baile, ni lo jodido de las despedidas.

El paraqué desconceptualizado tiene forma de viaje, de encuentro. Lo forman muchas personas, profesionales todos ellos en multitud de haberes, se sitúa en Gijón y se expande por toda la geografía. El paraqué puede ser una charla, micrófono o tenedor en mano. El lugar por otro lado da bastante igual. El paraqué sabe a cuba, a baile y a varios miles de vueltas sin parar. Es el mareo de querer disfrutar cada momento y de cambiar la copa por la cintura. Pero es volver a empezar, porque te acuestas y te vuelves a levantar. Y aunque nada es igual, nada ha cambiado. La sensación de que te estás llenando por dentro es brutal. Sin saturación, con discreción, a base de cafés. Cada uno a su manera y todos a la de cada uno.

Se le pueden poner nombres a todo esto de lo que hablo, sí, pero todos sabemos bien que ha sido ese conglomerado de actitudes y aptitudes de cada uno de nosotros los que han tejido una experiencia difícil de olvidar. Donde todos aportan y todos pasan desapercibido. Claro, esto, en afganiiitttaaan, no pasa.

Ideas refrescantes con las que me quedo. Agarro @twitter y me traigo citas de todos y cada uno. Porque eso también fue mi paraqué. Dije en la presentación que vine a ponerle cara y tono de voz a gente con la que comparto un sinfín de cosas. No contento con eso les puse mucho más. Porque es lo malo de internet que no tiene ese contexto necesario en cualquier tipo de comunicación. Ahora que tengo la idea en la cabeza supongo que sabreis a que me refiero.

@olgarodriguezfr : “Ya no se hace periodismo, se hace turismo mediático”

@olgarodriguezfr : “La información se ha convertido en una mercancía más. Los medios se guían por la ley de la oferta y la demanda”

Chaparro “Habrá que reconocer que, en este país, la democracia mediáticaa no existe”

Maruja Torres: “El periodismo es como una almohada, si está sudada la das la vuelta. Solo hay que volver a hacer las cosas bien”

Maruja Torres: “La juventud es el momento de sacrificarse y comer poco porque teneis otras compesaciones”

Maruja Torres: “Hace mucho tiempo que no voto a gusto. Voto tapándome la nariz”

Maruja Torres:”Cómo será de inhumano el periodismo que Forges tiene que poner cada día en su chiste ‘No olvideis Haití’”

Chaparro: “Decrecer economicamente no significa volver a la era del taparrabos, es dejar de hacer el idiota.”

Chaparro: “La comunicación y la responsabilidad social empieza por la existencia de medios que no pertenzcan a los oligopolios comunicativos”

Morris: “Para muchos Latinoamérica son mujeres calientes, la rumba, la miseria. Hay que mirar también la miseria del primer mundo”

Morris:  “Habrá que cambiar los formatos. Estaremos locos, sí, pero estamos hablando de personas, de contexto de un conflicto”

Medina: “Hice la historia de un inmigrante en Mali… y no se publicó hasta 3 años después”

Villalba: “El límite del retoque digital de la imagen en un multimedia está en la ética periodística”

Maleno: “Hay inmigrantes que acusan a las organizaciones sociales de estar viviendo a su costa”

Maleno: “Si cuidamos más unas fuentes que otras, acabamos teniendo su punto de vista”

Maleno: “Los inmigrantes ‘ilegales’ son ciudadanos gracias a Facebook. Ha revolucionado su forma de vivir”

Sergi Cámara: “Se van moviendo las personas y también los puntos por donde intentan llegar”

@david_martos: “Es fundamental saber seleccionar las palabras que importan”

Alberto Arce: “A día de hoy, la única vía es la del creative commons. La meritocracia en España no existe.”

Alberto Arce: “En mis documentales no hay voz en off, no hay reporteros valientes”

Arce: “Hay que plantear una batalla alternativa a un sistema que está muriendo. Es nuestro contenido el que sobrevivirá”

Me quedo también con varios momentos de verdadera emoción desde el público. En la charla de David Martos acerca del sonido, donde aprendí a contar una historia sin contarla, a base de aderezos de contexto. O de ver a Juan Luis Sanchez con los ojos vidriosos al sonar en la cátedra jovellanos un reportaje suyo de hace 5 años. Todas estas cosas son humanas, y como humanas las percibimos.

Podría decir muchas más, porque todas esas charlas eran un sinfín de verdades-templo que las llamo yo. Pero si hay una que describe perfectamente el paraqué, o al menos el mío es esta:

Alberto Arce: “Lo único necesario son las ganas de cambiar el mundo”

Porque, y es una idea que me gusta remarcar, toda vida sirve, como mínimo, para vivirla. No jodamos.
Sin más, gracias a todos los que hicieron posible esto. A Jessica por su terrible curro de organización. A Juanlu, David, Lydia, Javier, a todos muchas gracias. Y sobre todo gracias a todos los ‘alumnos’ con los que disfruté esto. Charlé y bailé.

Hablamos de lo bonito que es un lugar mermando la idea en la que las personas son al viaje lo que la luz a la fotografía. Imprescindible, vaya. Me he vuelto a casa sintiendo que os conociese de hace años. Y es que aún habiendo sido sólo una semana he aprendido lo que en mucho más. Y ahora aquí, mi vida de antaño me parece la rara y estar con vosotros lo normal.

¿Para qué? Parafraseando a Buzz Light Year… Para todo eso y mucho más.

Alquimia interior


Y que vengas TÚ y me digas QUÉ, para que luego YO piense EN. Ni tiene sentido ni me apetece. A mí se me va la olla y tú me estás tocando la rima.

Con todo y eso, soy capaz de pasar de cagarme en la puta a estar de buen rollo en cuestión de segundos. La alquimia interior, otra vez.

Prosa soez!

Y que vengas TÚ y me digas QUÉ, para que
luego YO piense EN. Ni tiene sentido ni me apetece. A mí se me va la
olla y tú me estás tocando la rima.

Hasta mañana, o cuando sea…

En mi caso fue tal que un 29 de Febrero, en el suyo un 12 de Septiembre, ambos del 76. Los dos hemos visto cosas que, aunque las creeríais, probablemente os tuvieseis que forzar a vosotros mismos hacia un acto de fe. Quizás no en todo lo que os hemos contado hasta este momento, pero sí sabemos, o al menos hemos tratado de ser conscientes de que, probablemente, muchas cosas os suenen a chino. Y bajo esa premisa hemos intentado hacer este documento-legado-penúltima voluntad lo más realista posible.

Llevamos años aportando tanto como podemos. Material de todo tipo, desde textos describiendo lo que vemos hasta, por supuesto, vídeos y fotografías de ello.

Es curioso que una de las cosas que ha hecho posible todo esto, como es el tiempo, sea una de las cosas de las que nos hemos liberado. Ahora, en este punto de la línea, no estamos sujetos a él ni, por supuesto, somos esclavos de las horas.

No es plan de restregaoslo por la cara. Está claro, esto que hacemos mola. Mucho. Pero, como todo, tiene sus ‘inconvenientes’. O ventajas, según se mire. Y es a lo que voy, todo depende de la percepción. Absolutamente todo. Nada está sujeto a un vertical que explique el cómo son las cosas. Cómo se suceden o cómo dejan de suceder.

¿Y cuan ambiguo es todo esto eh? Cualquiera diría que estoy desvariando. Ahora lo entendereis. Prefiero explicaros de qué hablo antes de desde donde lo hago o mejor aún, como he llegado hasta aquí, hasta esta situación y cómo lo hago.

Sigo.

Trabajé de charcutero durante 35 años en un mercado en una calle perdida de Madrid. De esas chiquititas que huelen a entremeses. A entremeses de los buenos, ojo con eso. Me regocijo al poder decirlo. Mi trabajo olía bien. Y sus alrededores se beneficiaban de ello.

Ella, sin embargo, trabajaba en un organismo del cual no recuerdo ni su nombre. Era funcionaria, de las que toman café. Sin embargo, pese al topicazo se esforzaba cada día en hacer bien su trabajo. Un trabajo del cual dependía el bienestar de muchas personas que mal que me pese estaban bien jodidos. Podeis llamarlo ONG, podeis llamarlo como querais, ella dedicó su vida a los demás y aquí está a mi lado con los ojos clavados en mis manos mientras escribo esto. Y ríe, y llora y, ahora, en este instante, mira para otro lado. Es curioso que aunque no podais verla, ni imaginarla, siente vergüenza por ello. Siempre fue de esas personas que sin negar el saludo se ponía muy roja cuando la hablabas. Para mí, es un síntoma de que era buena persona, y no me equivocaba, ni me equivoqué. El tiempo del verbo ahora mismo ya no es lo importante.

Hace ya 16 años que nos embarcamos en todo esto, entre el 2030 y el 2035. No logro calcularlo muy bien. Siempre fuimos personas que nos movímos mucho. En un mismo lugar, sí, pero nunca estacionados. El amor por la naturaleza nos llevó a ello.

Los viajes espaciales estaban a la orden del día. No para toda la población pero sí para muchos de ellos. Esa clase media-alta que nos hicieron pensar que éramos no tenía acceso a ellos, no mientras no ahorrasemos toda la vida para aquello, como fue nuestro caso. Dedicamos nuestra vida entera, a disfrutar de nuestra compañía para en un futuro, poder seguir disfrutando de ella. No recuerdo muy bien cuantos años nos llevó hacernos con esa cifra de dinero, pero fueron unos cuantos. De todas formas, ahorramos por un lado y gastamos por otro. Nuestro ‘medio de locomoción’ se viene con nosotros. Aunque prescindimos del billete de vuelta.

Y aquí estamos, enfrascados en un viaje de ‘sólo ida’ anunciando que ya ha llegado el momento. Hemos saciado nuestras ganas de recordar, de repasar momentos, de escuchar este silencio tan peculiar, de abrazarnos y hemos decidido que debe ser ya.

Sobre las trazas de nuestro viaje no tenemos ni idea. Toqueteamos todos los botones de control de rumbo a menudo. Nos gusta, pese a todo, influir en nuestro devenir.

Ahora mismo por la única ventanilla de la que disponemos se puede observar un planeta bastante verde, gaseoso parece. No logramos atisbar si tras esas nubes de colores hay alguna corteza escondida. Dudamos que tenga nombre, así que, si se nos permite le vamos a llamar no se, Cactus.

Las bases de este viaje decían que aún perminitiendonoslo tendríamos que actuar en favor de la ciencia, y así lo hemos hecho. La cantidad de documentación que hemos recopilado es densa, grande e inusual. Un gran aporte creemos. Las relaciones que hemos tenido con vosotros siempre han sido unilaterales y no exigentes de reciprocidad. Lo dejamos claro al partir, nosotros solo enviamos, no queremos saber nada.

Esta siempre fue nuestra utópica forma de dejarnos ir y a fuerza de buscarla la hemos encontrado. Hemos perdido la noción del tiempo, del espacio y de muchas otras cosas más. Para nosotros no existen ‘las 10 en punto’ ni el amanecer, ni la primavera, ni el ayer, ni el pasado mañana. Tampoco existe el dónde, ni el lugar. No existe la contabilidad, ni la economía. No tenemos que ahorrar. Tampoco existen las guerras, ni las bombas, al menos no las de ese tipo. No existe el capitalismo, ni el Zara, ni la Fórmula 1. No hay mundial de fútbol, ni programas de televisión, ni prensa.

Solo estamos ella y yo.

Es curioso que nuestro amor pese a ir siempre a la par nunca fue del todo simétrico. Nacimos el mismo año, sí, pero yo tendré entre 17 y 18 años y ella más de 70. Eso sí, las arrugas recorren nuestras caras por igual. Gracias a esto lo hemos conseguido, hemos obviado el tiempo y vamos a tener la más dulce de las muertes. No tenemos edad, ni estamos en edad de nada ni dejamos de hacerlo. No somos personas de ninguna edad precisamente porque no sabemos cuantos años tenemos.

Nos daremos las manos, quizás la bese en la frente, pegados, y haremos eso que nos dijeron nos permitiría ir. No duele, vamos a ver. Nos iremos, juntos, a nadie sabe donde. De hecho, aún así no pararemos de movernos (otra vez el cómo influye la percepción aún en su propia ausencia). Aquí en el espacio no existe el rozamiento. Vamos a la deriva por un mar de estrellas y cometas, de nubes de gas y de asteroides. De soles y de planetas y de un sinfín de cosas más para las que no tengo nombre. La fauna y la flora de este oscuro océano no les tiene nada que envidiar a sus homónimos terrestres.

Sin más, desde nadie sabe cuantos años luz… hasta mañana, o cuando sea.

El ocio que hace mermar el recuerdo.

El hecho de que la población alemana tenga un marcado sentimiento de culpa y resentimiento es algo que no debe extrañarnos y que, aún sin llegar a tener un contacto constante con ellos, es algo de lo que, puestos a pensar, somos conscientes.

La maratón la hacemos todos

Si emparejamos los ‘movimientos’ tutelados por Hitler y Franco aún sin estar al mismo nivel en la escala de tolerancia todos podremos encontrar similitudes y semejanzas en lo referido a la hora de censurar, preponderar, imponer y demás características propias de todo tipo de movimiento totalitario. Partiendo de la base del ‘Todo para el pueblo pero sin el pueblo‘ de uno de los primeros déspotas ilustrados como fue Luis XV estas corrientes se han mantenido en el poder mientras ha sido posible lo que yo llamaría miedo sostenible y, ese miedo, se ha pasado de generación en generación.

Hará alrededor de un año estuve en Berlín y, conforme pasaban los días fuí entendiendo mejor una serie de actitudes de la población alemana para con los que, como yo, éramos extranjeros. Y me explico.

El hecho de, en parte, dedicar mi tiempo a tomar fotografías me hacía fijarme más en algunos de esos detalles. Así, decir que Berlín es una ciudad en la que se respira cultura es algo que, al que haya estado allí, no le extrañará. Desde la zona de el muro (un grito total a la libertad de expresión, dicho sea de paso), pasando por parques, zonas culturales y demás, como el parlamento, la estación de Alexander Platz y un sinfín de cosas más tuve la oportunidad de cruzarme en mi camino con algunas personas que me llamó mucho la atención el trato que me dieron.

Calla y escucha

Estando sentado a la orilla del Havel, detrás del muro de berlín, mientras comía un bocadillo con mis amigos se acercó un hombre arrastrado por su perro que había, bien olído, el chorizo que nos habíamos llevado de España.

Tras estar un rato jugando con nosotros su dueño se decidió a acercarse y sentarse a nuestro lado. Tendría, diría yo, unos 65-70 años, lo suficiente para haber vivivo de cerca todo lo que fue la corriente nazi y posteriores. Durante todo el tiempo que estuvimos allí, con él y su perro, no hablamos de nada, simplemente dejamos pasar el rato. De vez en cuando si el animal hacía algo divertido nos mirábamos y sonreíamos. Habría unos 40 años de diferencia entra aquél hombre y nosotros y, por si fuera poco ni nosotros hablábamos alemán ni el nuestro poco de inglés. Así que se decidió, sin decirlo, que tenía que ser así. Me llamó muchísimo la atención de como ese hombre, sin conocernos, muchos años más joven que él, y de diferentes paises de diferente idioma decidiera quedarse un largo rato con nosotros como diciendo ‘Yo no pienso de esa otra manera‘.

...de lo que quieren hacerme pensar

Por otro lado, la última noche que estuvimos en Berlín tuvimos que dejar las maletas en la estación de Alexander Platz. Así luego saldríamos directamente de allí sin tener que volver al Hostal. El mecanismo de recepción de la taquilla donde íbamos a dejar las maletas estaba roto y no podíamos cerrarla. Un señor de la estación pasó por allí nos habló en alemán, y entre gestos, me incitó a que le acompañara. Realmente no tengo ni idea de lo que dijo, pero se veía que solo quería ayudar. Le acompañé hasta la recepción donde cogió la llave de la taquilla y, al volver, volvió a meter el dinero asegurándose que funcionase. Nosotros soltamos algún ‘it’s broken’ y poco más. Sin darnos cuenta y sin mediar palabra habíamos solucionado un problema sin tener que hacer nada. Ese hombre lo hizo por nosotros, y muy rápido, casi sin que nos diese tiempo a reaccionar.

Un rato después volvimos a la estación, a la oficina de información para preguntar donde había algún sitio para alquilar bicicletas. Este mismo hombre, con solo escuchar la palabra ‘Bycicle’ con tono de pregunta salió de su puesto de trabajo, y nos acompañó hasta la puerta de una tienda en la que alquilaban bicicletas. Solucionado otra vez, en unos segundos. De acuerdo, son pequeñas cosas, pero podría contar muchas más como estas. Muestras de sentido común, de ganas de compartir, de humildad.

Por supuesto no se puede generalizar ni para lo bueno ni para lo malo pero creo que gran parte de las personas que allí estén actuaban con un sentimiento de culpa. Nada excesivo pero sí constante, como con ganas de demostrar a los que no éramos de allí el cómo verdaderamente eran. Era su manera de pedir perdón. O al menos, así es como yo lo percibía.

El TieGarten, el parque más grande de Berlín, estaba repleto de gente leyendo a las orillas del río, de gente en bicicleta con la que, sin querer, se creaba un lazo de no se, sanidad. Warschauer strasse fue una zona que me encandiló con ese polígono reconvertido en que cada nave industrial se utilizaba para un fin, desde un parque de skate hasta un gimnasio de judo.

Warschauer Strasse - Skate Park

Es de recibo que aún sabiendo que no todos sean así, haya personas que se hayan parado a pensar y hayan decidido como ser habiendo vivido ambas cosas. La represión y la libertad de pensamiento.

Ese derroche de amabilidad denotaba en algún sentido que no sabría explicar muy bien, su forma de pedir perdón por lo que no hicieron. Berlín es la sensación que me dejó.

Fase REM

19 de Enero. 7:00 AM. Me despierto. Entre las sábanas, con cierta desidia y no mucha decisión decido levantarme. 8:10 AM. Me he dormido. Me despierto. Otra vez. Oigo pasos. Alguien hace ruido en casa. Desgana. Agobio. Angustia. Me levanto. Todo me molesta. Me aseo. El agua está fría. Congelada. Café. Ascensor. La calle. El calor de las sábanas me hace tiritar. Miro al suelo. Enciendo un cigarro. A trabajar. Tren. Miro. Observo. Muchas caras. Tristeza. Siguiente parada. Más tristeza. Miradas. Infinito. No hay horizonte. Blanco y negro. Siguiente parada. Más personas. Menos espacio. Más agobio, ergo, más tristeza. Fin de trayecto. La calle. Frío. Y Sol. Me duelen los ojos. Estoy desubicado. Se donde estoy. No es mi sitio. No el que debería. Vida. O cárcel. Estoy triste. Camino. Más caras. Inciso. Una mujer. Me agrada. Es sencilla. Pero sofisticada. Me atrae su rostro. Desprende lealtad. Humildad. Su pelo es lacio. Dejado. Largo. Poco cuidado. Me gusta. Rizado. Dorado. Arcoiris. Me gusta esta sensación. Se acerca. La miro. Me mira. Aparto la mirada. Nos cruzamos. Y adios. Vuelve el agobio. Una vana sensación de cobardía arremete duramente contra mis sentidos. Hago un alto. Recapacito. Llego tarde al trabajo. Da igual. Media vuelta. Leve toque. Suave. Nada invasivo. En el hombro. Y cito. ¿porqué dos desconocidos no pueden charlar? Más café. Es preciosa. Y atrevida. No lo preveía. No hace frío. Tiemblo. Se me nota. Quiero volver a verla. Hablamos de todo. Y de nada. 12:22 PM. Debo marcharme. No quiero. Lo hago. Cobarde. Ni se su nombre. Me despido. Prometemos volver a cruzarnos. Y cito ¿porqué dos desconocidos no pueden charlar? ¿Sin más?. Me doy prisa. Atisbo a mi jefe. En la puerta. Paciente. Pero irritado. No hay explicación. Yo no miento. Me despide. Vuelta a casa. Sin trabajo. Alegre. Conocí a alguien. Especial. Me vencí a mí mismo. Un sonido. Muy extraño. Es una alarma. Veo números. Estoy desubicado. Otra vez. Más ruido. 19 de Enero. 8:10 AM. Me he dormido. Me levanto. No recuerdo nada. El agua sale caliente. Ascensor. La calle. Camino. Arcoiris. Muchas caras. Tren. Más caras. Fin del trayecto. Inciso. Una cara. Me es familiar. Una extraña sensación recorre mi cerebro. Empiezo a recordar. Conservo el trabajo. Desahogo. Calma. Ella me gusta. Me paro frente a ella. Y cito ¿porqué dos desconocidos no pueden charlar?. 12:20 PM. Se llamaba dejavu…